Los zapatos rojos

por el 15/03/15 at 3:21 pm

freddy447_zapatos_rojos–Quiero unos zapatos rojos, bien rojos. Mi primera nieta Ana Marina tenía 4 años cuando, con motivo de un viaje, me pidió que le trajera unos zapatos rojos. –Bien rojos –me repitió–. Y desde que el avión aterrizó lo primero que tenía en mi mente era encontrar un lugar donde poder comprarle a esa princesa que me había regalado la vida los zapatos más rojos que pudiera encontrar. Han pasado los años, Ana tiene ahora 14 y estrena cuerpo de mujer, habla como una señora y hasta me da consejos sobre cómo manejarme en la vida.

Ana acaba de entrar a bachillerato, habla con propiedad de cualquier tema y vive como cualquier adolescente: íntimamente ligada a su celular, que entiendo es el centro de su vida pues hasta se baña con él a mano. Vuelvo a salir de viaje, siempre les pregunto a mis nietas y nieto si quieren algo; Juan Pablo, el único varón, contesta, ‘lo que tú quieras abuelo’; Elena, golosa, pide siempre chocolates; Catalina, la más pequeña, juguetes, siempre hay una última muñeca de moda que ha visto en la TV, y como si yo entendiera, exige que la traiga. –Tienes demasiadas muñecas –le digo. –Esa no la tengo –me contesta con cara de necesidad– y luego, sin cansarse de repetir, me dice “no te olvides abuelito, no te olvides”, y agrega el nombre que ha escuchado en inglés en su versión dominicana que jamás comprendo. Ana se me acerca al oído y, con una picardía que haría derretir a cualquier abuelo, sencillamente me dice “abuelo, lo de siempre, maquillaje”.

Estoy en Nueva York y es hora de cumplir lo prometido. Elena es fácil, chocolates hay por doquier, pero a última hora agregó unos chiclets muy particulares y eso me cuesta más trabajo pero los encuentro; la muñeca de Catalina también aparece fácilmente; Juan Pablo, alguna camiseta deportiva; y, de repente, recibo un mensaje por el celular “Abuelo, es Ana, el maquillaje es de tal marca”. Wasapeamos un buen rato hasta que al fin entiendo lo que quiere y presto y veloz me dirijo al lugar indicado. Mi experiencia en compra de maquillajes es nula, una larga fila de mujeres arremolinadas en un ambiente para mí sobrenatural, luces, espejos, olores a perfume y un grupo de expertos aplicando muestras y vendiendo sus productos. Soy el único hombre en medio de esta vorágine de señoras que quieren lucir más bellas, espero un turno y en mi inglés, que cuando estoy nervioso se me trastoca, trato de explicar a una bella modelo lo que quiero. –Mi nieta tiene 14 años –ella ni se inmuta–, quisiera algo para una niña de esa edad. Se voltea y de un mostrador me saca colores, pinceles, cremas, etc. Me aturdo y casi comienzo a llorar; mi nieta, que me pedía unos zapatos rojos, ahora pide un pintalabios, sombras, delineador.

De repente me pongo viejo, me encorvo, se me arruga la cara más de lo que la tengo, repaso mentalmente los años transcurridos y, mientras camino de nuevo fuera de ese gran almacén por las calles de esa gran manzana, siento que la vida ya me pasó y que ahora el turno es de ellos. Comienza a nevar, retrato los primeros copos que caen a mi alrededor y le mando la foto a Ana Marina, que contesta: –¡Wao, abuelo, qué chulo! –contesta y agrega– ¿conseguiste mi maquillaje? –Sí –respondo contento. No sé si alegrarme, a Ana Marina ya no le interesan los zapatos rojos… cae la nieve.

2 Responses to “Los zapatos rojos”

  1. gilberto tapia

    Mar 16th, 2015

    Como siempre cuanta ternura y belleza en sus narraciones que explican una forma de vida sana y transparente. Soy abuelo y lo comprendo.

  2. sandra sosa

    Mar 17th, 2015

    “NO PUEDO” con usted Don Freddy, siempre me saca las lagrimas con sus escritos… bendiciones!!!

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