Villa Serena

por el 05/06/12 at 2:03 pm

En los países, debido al tipo de vida que viven sus habitantes, cuando los padres llegan a una cierta edad, con la justificación de no poder atenderlos por falta de tiempo, los hijos los envían a unos lugares llamados “Homes” donde esperan el final.

Algunos son abandonados allí, otros con mejor suerte las familias se ocupan.

Entré a “Villa Serena” de la mano de mi hermana Rita. Ella regentea cinco de estos hogares y en mi reciente visita a Miami una mañana de sábado la acompañé en su rutina.

Una casa como cualquier otra, en un vecindario como cualquier otro.
–¿Cuántos viven aquí?– pregunto
–Aquí hay 24 y vienen de todas partes–. Me mezclo entre ellos. Sentados en una especie de terraza se miran y conversan. Algunos absortos en sus propios mundos miran sin mirar.

Betty y Pedro llaman mi atención. Pedro tiene 96, Betty no sabe y no recuerda.

Pedro es cubano, de memoria privilegiada, me dice que duerme y come bien, vino en el 70. Se hicieron pareja en el hogar, ella solo habla inglés y él español pero se entienden.

–Todas las mañanas le pido un besito– me dice él. –Ella es de Ohio–. Lleva pantalones de flores amarillas y blusa azul, él, shorts y camiseta amarilla.

Pedro es pequeño y mientras me habla, Betty lo mira enamorada sin entender.

–Yo la cuido– me comenta, –ella es diabética pero nunca se acuerda–.

Sobre la cama un osito y un conejo de peluche. En la mesita de noche una foto de Betty joven delante de un letrero de Cocacola del año 1940.

Betty tuvo tres hijos, una murió en un accidente, otro vive en Texas y otro no sabe donde está. Nunca la han venido a visitar.

José, puertorriqueño, está en silla de ruedas. Peleó en Vietnam, tiene 67 años, perdió sus dos piernas, bebe cerveza de vez en cuando, se casó tres veces y tiene 5 hijos y 4 nietos.

–Yo era muy mujeriego, no era buena gente. La guerra es una locura– me comenta,
–un horror. He estado al morirme tres veces pero Dios no me quiere aún.

Estoy vivo para dar testimonio de su misericordia, aunque no lo creas soy un hombre feliz. Llevo siete años aquí y tengo suerte. Mis hijos se preocupan por mí y de vez en cuando alguno me visita.

Miro alrededor, me conmuevo, quisiera hablar con todos, muchos quieren contarme sus historias, ávidos de que alguien les escuche.

Al fin he descubierto el gran corazón de esta ciudad. Una ancianita me indica que me siente a su lado y me hace preguntas.

–Yo soy hermano de Rita– le digo y ella sonríe. Me dice una de las muchachas del asilo, que ella siempre está sentada en la galería esperando a sus hijos… ellos la han abandonado pero no pierde la esperanza, hace que la cambien de ropa y pone su mejor sonrisa. Me le acerco y me siento a su lado, me mira con ternura, no digo nada, le tomo la mano y de repente me siento tan feliz, tan pero tan feliz, que sin pensarlo dos veces le estampo un beso en la mejilla.

 

3 Comentarios en “Villa Serena

  1. Ligia Minaya on Dice:

    Con lo que cuentas, se me estremece el corazón. Vivir en un home no es difícil para muchos ancianos, pero cuando los hijos no van a verles, es como si lo torturaran día a día. Para nosotros, los dominicanos es casi inaceptable, aun con muchas complicaciones en nuestras vidas, poner a nuestros viejos en un lugar así y sobre todo no visitarlos por lo menos una vez por semana.

  2. Elio Veras on Dice:

    Eso que usted hace don Freddy se llama amar al projimo. Cuanta calidad humana usted tiene!!!! Soy un gran admirador suyo, por todas esas cualidades que usted tiene, por ese cariño hacia los demás de madera desinteresada. Que Dios me lo bendiga siempre!!

    • TONY ARISTY on Dice:

      “Un ser muy especial, padre de nuestra cultura” : son sinonimos de referencias de como recuerdo siempre a Don Freddy.
      Cuando joven, vivia en Santo Domingo a principio de los 80′s; teniendo unos 15 años de edad me encontraba estudiando pintura en la escuela de Bellas Artes y durante mis visitas a Casa de Teatro tuve la inolvidable oportunidad de conocer y compartir con Don Freddy. Me hizo muy feliz su educada amistad y el valor del sacrificio por la juventud en las artes. Sus visitas a mi taller de pintura, en Villa Duarte, tienen que ver hoy, en gran parte, con mi desarrollo profesional.

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